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Reflexión
A PROPÓSITO DEL CÓDICO DA VINCI...
 Una novela
 
La gran difusión que ha tenido la novela de Dan Brown, El Código Da Vinci, y los interrogantes  que ha  suscitado  en muchas personas, hacen  oportunas algunas precisiones para los lectores menos informados históricamente.[1]
 
La trama de la novela
Una novela
La tesis de la novela
Los Evangelios gnósticos y su valor
Las ideas de la “new age” presentes en la novela
Una religiosidad vaga, que no compromete la vida
El Ecologismo y el culto a la Naturaleza
El feminismo
El rechazo de las mediaciones en las relaciones con Dios
El interés por lo misterioso, lo oculto, lo esotérico
Apéndice I: El Gnosticismo
Algunas particularidades del pensamiento gnóstico
La visión pesimista del mundo
El elitismo sectario
El secretismo
El subjetivismo y misticismo
Apéndice II: Algunos errores de la novela

La trama de la novela


A  partir  de  un  homicidio  perpetrado  en  el  museo  del  Louvre,  en  París,  los protagonistas de la novela, Roberto Langdon,  profesor de simbología religiosa,  y  Sophie Neveu, criptógrafa de la policía francesa, van paulatinamente descubriendo una verdad que puede tener grandes consecuencias para la humanidad. Una antigua sociedad secreta nacida en 1099, el Priorato de Sión, ha mantenido celosamente escondidos una gran cantidad de documentos, que probarían que la visión cristiana tradicional sobre Jesús, transmitida por los Evangelios, no es la verdadera.
 
Según estos documentos, Jesús no es el Hijo de Dios, como se cree, sino un profeta descendiente del  rey David, que se  casó  con  María  Magdalena  y de  ella tuvo  una hija, Sarah. Cuando Cristo fue crucificado, María Magdalena huyó a Francia y allí dio a luz. Con el tiempo, los descendientes de Jesús se habrían emparentado con la dinastía merovingia en Francia y siguen perpetuándose en la familia de la protagonista, Sophie, protegidos por los miembros del Priorato, en espera de poder reclamar sus derechos reales en Francia.
 
La Iglesia católica  conoce  desde mucho tiempo la existencia  de esos  documentos secretos, y ha siempre tratado de destruirlos para conservar su poder.
La novela relata una verdadera “caza al tesoro” al estilo policial, en la que la Iglesia - representada en un  Obispo del  Opus Dei -  y  los  protagonistas de  la  novela tratan de descubrir el paradero de los documentos y apoderarse de ellos.

Una novela

 
Es  importante  establecer,  desde  un  comienzo,  que  El  Código  Da  Vinci  es  una “novela” o sea un género literario bien específico, que por definición no es ni historia ni ciencia, y por lo tanto hay que leerlo y valorarlo como una novela.
 
El autor mismo lo deja entender desde la primera página del libro, con la siguiente afirmación: “Todas las descripciones de las obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces”.[2]
 
Quiere decir que todas las otras cosas, o sea los hechos,  las  tesis,  las interpretaciones,  los juicios que  se  emiten sobre personas, instituciones,  documentos,  obras  de  arte,  etc.,  quedan  excluidas  expresamente  de  la categoría  “veracidad”. Así, por  ejemplo,  el  autor puede describir en  forma  correcta  la “Ultima Cena”  de  Leonardo, pero la  interpretación que  hace acerca de los  secretos  que encerraría esta obra de arte resulta gratuitamente fantasiosa.[3]
 
Que se trata sólo de una novela resulta evidente por la forma como concluye la tesis central  del  libro:  la  existencia  de   tres  baúles  de   documentos  (el   Santo  Grial)  que supuestamente comprometerían la visión tradicional de la persona de Jesús y de su doctrina. En efecto, después de la interminable “caza al tesoro” al estilo scout,  el autor nos lleva al punto exacto donde se encontrarían actualmente estos documentos potencialmente revolucionarios, punto que es nada menos que un monumento muy conocido, la Pirámide del Louvre,  en París,  “concebida  y encargada en  la  década de 1980 por la  esfinge  en persona,  Francois  Mitterand.”[4]    Bajo  la  pirámide  yacerían  las  famosas  pruebas  que confirmarían que María Magdalena fue en realidad la esposa de Jesús y que destruirían todo lo que las Iglesias cristianas vienen transmitiendo sobre Él desde hace dos mil años.
 
Pero el autor no se preocupa de explicar quién pudo colocar allí esos documentos (¿fue  el  mismo   Presidente  Mitterand?),  cómo  pudo   transformarse  un  conocidísimo monumento público en un escondite  secretísimo,  y  sobre todo  porqué esos explosivos documentos no se dan a conocer, porque, en fin de cuentas, todo es una... novela.
 
En el último capítulo del libro, Dan Brown aclara, en forma más explícita, que hay que considerar su historia como una novela.
 
Así,  la misma leyenda  del Santo Grial, que sostiene toda la  narración, aparece  lo que es en realidad: una leyenda. Basta prestar atención a lo que el autor pone en boca de uno de sus personajes, Marie  Chauvel,  abuela de la protagonista, en  las  últimas  páginas: “Es el misterio y la curiosidad lo que mueve a nuestras almas, y no el Grial en sí mismo. Su belleza está en lo etéreo (léase: indefinido, intangible) de su naturaleza. Para algunos, el Grial es un cáliz que les concedería la vida eterna. Para otros, es la búsqueda de los documentos perdidos y de la historia secreta. Para la mayoría sospecho que se trata sólo de una gran idea...  un  tesoro  glorioso inalcanzable  que, de alguna manera, incluso  en nuestro caótico mundo de hoy, nos inspira.”[5]
 
Además podemos añadir que las afirmaciones del libro no están documentadas. La obra  no  tiene citas al  pie de  página o al final;  todo  lo  que allí  se afirma se fundamenta solamente en el hecho que... el autor lo dice.
 
A  menos  que  no  se  quiere  considerar  como  fundamento  científico  el  libro  de Michael Baigent, Richard Leigh and Henry Lincoln, The Holy Blood and the Holy Grail,[6] en  el  que se inspira la novela de Brown.  Pero esta obra, detrás de un  laborioso  aparato científico, junta una multiplicidad impresionante de datos disparatados, históricos y menos históricos, vinculándolos en forma arbitraria e interpretándolos en una forma muy lejana al rigor científico.[7]
 
Menos todavía podría dar una base documental a la novela de Brown el opúsculo de René Chandelle, Más allá del Código Da Vinci.[8]
 
Pues,  ¿qué  credibilidad  científica  podría  tener  este  opúsculo  que  en  su  primer capítulo, al hablar de los Evangelios Apócrifos, afirma: Hay multiplicidad de ellos: están los papiros de Nag Hammadi, los papiros de Qumram y los rollos del Mar Muerto?[9]
 
Pues  si  es verdad que  los  papiros  de Nag Hammadi  incluyen unos  Evangelios Apócrifos, el autor parece ignorar que los papiros de Qumram y los rollos del Mar Muerto son la misma cosa, y  que esos  escritos no  tienen ninguna relación  con los  Evangelios Apócrifos,  sino son  copias  manuscritas de  libros del Antiguo  Testamento y documentos referentes a la Comunidad  de  Esenios,  una secta religiosa  judía,  que  residía en Qumram antes  de la  destrucción de Jerusalén.  En  ninguno  de  ellos se menciona a Jesucristo,  en ninguno se  habla  de “Evangelio”...  Catalogar esos  escritos como  Evangelios Apócrifos, como  hace  René  Chandelle,  demuestra  una  superficialidad  científica  tan  evidente  que impide dar credibilidad a su opúsculo.[10]





La tesis de la novela

 
Más allá de los errores históricos puntuales,[11] hay un tema que es necesario aclarar, pues constituye la tesis central del libro y sostiene toda su narración.
 
Según el autor, la figura de Jesús, así como la conocemos en la tradición cristiana, sería el fruto de una confabulación entre el emperador romano Constantino y los líderes de la Iglesia católica en el siglo IV (325 d.C.), quienes habrían decidido adorar como Dios a Jesús, hasta entonces venerado como un simple mortal, para fortalecer su poder.
 
Para lograr su cometido habrían  destruido la  mayoría  de  los  evangelios que se habían escrito hasta entonces y habrían editado los cuatro Evangelios que hoy conocemos, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, en los que intencionalmente habrían subrayado la divinidad de Jesús y eliminado sus características más “humanas”.  He aquí algunas afirmaciones del libro.
          
Constantino encargó y financió la redacción de una nueva Biblia que omitiera los Evangelios en los que se habla de los rasgos humanos de Cristo y que exageraran los que lo acercaban a la Divinidad. Y los evangelios anteriores fueron prohibidos y quemados.”[12]
          
“...la  Biblia  moderna  (lee:  ‘Nuevo  Testamento’,  ya  que  el  autor  no  distingue adecuadamente)  había sido  compilada y editada  por hombres que tenían motivaciones políticas: proclamar la divinidad de un hombre, Jesucristo, y usar la influencia de Jesús para fortalecer su poder.”[13]
 
Hasta el Concilio de Nicea, Jesús era para los cristianos “un profeta mortal...”; en ese  Concilio, ordenado  por Constantino,  se votó y  se decidió  que  Jesús era Dios.[14] De manera que “casi todo lo que nuestros padres (léase: la tradición cristiana de 2000 años) nos han enseñado sobre Jesús es falso.”[15]
          
Por  suerte  para  los  historiadores...  algunos de los Evangelios que Constantino pretendió erradicar se salvaron.  Los  manuscritos del Mar Muerto...[16] los  manuscritos coptos  hallados en Nag  Hammadi en 1945... Esos  documentos hablan del  ministerio de Cristo en términos muy humanos.”[17]
 
¿Qué valor hay que dar a esta tesis del autor? En primer lugar hacemos notar que existen innumerables testimonios de los Padres de  la Iglesia,  anteriores  a Constantino, que  muestran sin  sombra de duda que la Iglesia desde sus comienzos  ha considerado  a Jesús  como  Dios. Más  aún,  desde comienzos  del siglo II encontramos  testimonios ajenos al cristianismo  que afirman que los  cristianos veneraban a Jesús como Dios. Así  hace el  gobernador  romano  de Asia Menor, Plinio  el Joven  (112  d.C.)  en  una  carta  al  emperador  Trajano  (Ep.  X,  96).  Además  sólo  el reconocimiento de Jesús como Dios puede explicar el martirio de miles de cristianos en las persecuciones desencadenadas contra ellos durante tres siglos antes de Constantino.
 
En cuanto a los Evangelios gnósticos, que supuestamente probarían, según el autor, que  los  cristianos  veneraban a Jesús sólo  como  un  profeta, hay que  puntualizar  cuanto sigue.

Los Evangelios gnósticos y su valor

 
Efectivamente en 1945 en Nag Hammadi (Alto Egipto) se descubrieron 52 escritos, de distinto tipo,[18] de los primeros siglos de la era cristiana, entre los cuales se encuentran algunos  evangelios  cristianos  que  no  se  conocían,  pero  de  los  que  se  sospechaba  la existencia a partir de los escritos apologéticos de varios Padres de la Iglesia de finales del siglo II en adelante: El Evangelio de Tomás, El Evangelio de Felipe, El Evangelio de la Verdad, El Evangelio de los Egipcios, El Evangelio de María.
 
Los manuscritos originales están escritos en copto (traducción en caracteres griegos de la lengua egipcia) y se encuentran, desde 1952, en el Museo Copto de El Cairo; sólo una parte del Código I se encuentra en poder de la Fundación Jung en Bélgica. Los manuscritos han sido traducidos y publicados en su totalidad por un equipo de científicos de diversas naciones y hoy es relativamente fácil encontrarlos en bibliotecas especializadas.
 
Según  los  estudiosos  estos  manuscritos  datan  del  350  d.C.  al  400  d.C.;[19]  pero algunos  de  ellos  podrían  ser  copias  de  escritos  anteriores,  que  deben  remontarse  a  la segunda  mitad del siglo  II, ya que S.  Ireneo,  Obispo de  Lión, en  su polémica  contra los gnósticos,  escribe  alrededor  del  180  d.C.  que  “los  heréticos  alardean  de  poseer  más Evangelios de los que realmente existen.[20]
 
Pues  bien, estos escritos presentan  una figura  de Jesús  bastante diversa de  la  que presentan los Evangelios tradicionales, que son llamados canónicos (de canon = regla, pues sirven  de regla  para la  doctrina cristiana). Jesús parece a  menudo  un  sabio  oriental,  un maestro de vida que guía al conocimiento de uno mismo y del universo, más que el Hijo de Dios que vino a salvar al hombre de sus males, entregándose por él en la cruz. Algunos estudiosos  han  hecho  notar  justamente  que  se  podrían  muy  bien  atribuir  a  Buda  las afirmaciones que Jesús hace en El Evangelio de Tomás.[21] ‘Jesús el Viviente’ de los textos gnósticos “habla de ilusión y de iluminación, y no de pecado y de arrepentimiento como el Jesús del Nuevo Testamento. En cambio de venirnos a salvar del pecado, viene como guía, para abrirnos el camino del conocimiento espiritual.”[22]
 
Entre otras cosas, hay  unas pocas afirmaciones  que  muestran  a  María  Magdalena muy cercana a Jesús y con un rol que no aparece en los Evangelios canónicos.[23]
 
Pero la existencia de estos Evangelios Apócrifos,[24] en la que se apoya toda la novela de Brown, es absolutamente incapaz de fundamentar las tesis del autor.
 
En primer lugar, es falso que fue Constantino quien, en el siglo IV, de acuerdo con los  líderes  de la Iglesia,  hizo editar  los cuatro Evangelios  canónicos que  hoy  poseemos, haciendo  desaparecer los “otros”  Evangelios que  no convenían a sus  planes  políticos. El autor desconoce que está establecido históricamente que ya al final del siglo II la Iglesia, en medio  de  las  persecuciones  de  los  paganos  y  de  las  luchas  con  los  heréticos,  había establecido con claridad  cuáles  eran  los Evangelios  que ella  había  siempre  reconocido como transmitidos por  las comunidades  de los primeros  decenios.[25] Los  Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan figuran como los únicos Evangelios aceptados oficialmente por la Iglesia ya en el siglo II, casi 200 años antes que Constantino llegara a ser emperador de Roma. Tampoco pudo Constantino cambiar el contenido de esos escritos sagrados, ya que eran conocidos y leídos desde siglos en todas las comunidades cristianas.
 
En segundo lugar, los más antiguos Evangelios gnósticos, en el mejor de los casos, datan de la segunda mitad del siglo II, o sea fueron escritos 70 u 80 años después de los Evangelios  canónicos,[26]  y  por  lo  tanto  son  mucho  más  alejados  del  Cristo  histórico. Además,  según   las  mismas   afirmaciones  de   sus  autores,  los  gnósticos   daban  poca importancia a la tradición de los Apóstoles, o sea a la transmisión  de la doctrina y de la figura de Jesús que se hacía en la Iglesia desde los primero años, y se fundamentaban más bien en las supuestas revelaciones personales que recibían del Espíritu o de Cristo.[27]
 
¿Qué figura de Jesús pueden presentar los Evangelios gnósticos, mucho más tardíos con respecto a los Evangelios canónicos, y que se basan en las revelaciones personales de sus autores?
 
No nos extraña absolutamente que la figura de Cristo presentada en esos escritos sea más cercana a la  de  un  “sabio  oriental”,  y se aleje  de la figura de un “Cristo judío”, en continuidad con la tradición del Antiguo Testamento, así como es de esperar por el hecho que  Jesús históricamente  fue un judío,  y  que se proclamó a sí  mismo  como  el Mesías esperado por el pueblo judío, como lo atestiguan aún antiguas fuentes no cristianas.[28]
 
Históricamente la tesis central de Dan Brown no se sostiene absolutamente, por lo que todas las afirmaciones que él hace a partir de esta tesis pierden su valor y se hace inútil refutarlas una por una.

Las ideas de la “new age” presentes en la novela

 
La  importancia   de   la   novela,   y   tal   vez  su  éxito,   no  residen  tanto   en  los acontecimientos que narra, sino en las ideas que subyacen a la narración y que interpretan tendencias de pensamiento que son comunes a mucha gente.
 
Por lo tanto, más que centrarse en la fragilidad histórica y científica de El Código Da Vinci, es interesante descubrir en la obra la presencia de estas ideas, que se encuentran largamente difundidas en el pensamiento religioso y en las tendencias culturales de nuestro tiempo (“new age”).[29] El análisis de la novela realizado desde esta perspectiva demuestra que el autor sabe captar estas ideas de la cultura actual y las presenta en forma atractiva para el lector  de hoy. Tal vez  es éste el secreto de  la gran  aceptación que  la novela ha encontrado en el público en general.
 
Aquí enunciamos  solamente estas ideas, sin  tener la  intención  de  profundizarlas, para que el lector pueda descubrirlas por su cuenta en la lectura de la novela.

Una religiosidad vaga, que no compromete la vida

 
La tendencia actual, en campo religioso, es el alejamiento de la fe tradicional, que ofrecía  certezas  e  indicaba  caminos concretos y exigentes de vida, y la búsqueda de una religiosidad abierta a una multiplicidad de creencias que tienen en común la vaguedad y la falta de compromiso con la vida.
 
Así hoy se va detrás de la adivinación y de los horóscopos, del retorno a supuestas “vidas anteriores” y de la magia; se aceptan, con el mismo valor, las técnicas de relajación oriental, el influjo  de fuerzas cósmicas, el  tarot, la ciencia ficción, principios filosóficos, etc., sin que ninguno de estos elementos comprometa realmente la vida concreta.
 
En esta línea, la novela de Brown prescinde de la fe cristiana, y aún más denuncia el cristianismo   como  un   fraude,   ignorando  sus   innegables   aportes  al  desarrollo  de  la humanidad,   y   muestra   vagas   nostalgias   por   las   religiones   paganas   que   fueron desapareciendo con su advenimiento. Lamenta la desaparición del culto a una poco definida “divinidad femenina”[30]  y describe con añoranza ritos de fertilidad cósmicos.[31] Pero toda la religiosidad del autor se queda en vaguedades que no comprometen la existencia concreta del hombre.
 

El Ecologismo y el culto a la Naturaleza


Otra tendencia  definida de la cultura actual  es  el Ecologismo, que  no se  refiere solamente al aprecio y defensa de la naturaleza, sino que se ha vuelto un verdadero retorno al culto a la Naturaleza, entendida como la Divinidad, la Madre Tierra. Esta doctrina tiende a negar la diferencia de fondo entre la existencia humana y la no humana. El  cosmos es considerado como animado por un espíritu único o guiado por una consciencia universal. Se pierde la noción de un Dios personal, realmente distinto y superior al mundo creado y se afirma  la existencia  de  una fuerza  divina impersonal  que  es todo  y  está en todo. Es un regreso al panteísmo naturalista.
 
Esta  tendencia  es  muy clara en la novela de  Brown.  Todo lo que el  autor dice a propósito de  la  divinidad femenina  tiene  alguna referencia  al culto  de la “Madre Tierra” presente  en  casi  todas  las  antiguas  religiones  de  carácter  naturalistas,  en  las  que  la fecundidad de la Naturaleza era percibida como un gran milagro, por lo que la Naturaleza misma y sus fenómenos eran objeto de adoración.

El feminismo

 
El Código Da Vinci es también una reivindicación feminista. Se acusa a la Iglesia y al judaísmo de haber presentado una imagen masculina de Dios, a expensas de los valores de lo  femenino.[32] La figura  de María Magdalena, que ocupa tanta parte en la novela, no tiene importancia en sí;[33] su importancia reside en el hecho que, para el autor, ella encarna el símbolo de lo femenino.[34]  El peregrinaje a la tumba de la Magdalena esconde el deseo de volver a los valores femeninos, que para el autor se fueron perdiendo. “El péndulo está en movimiento. Estamos empezando a captar los peligros de nuestra historia... y de nuestros caminos  de  destrucción.  Estamos  empezando  a  intuir  la  necesidad  de  restaurar  los aspectos femeninos de la divinidad.[35]
 

El rechazo de las mediaciones en las relaciones con Dios

 
Una  característica  propia de  la cultura actual es  la tendencia a refugiarse en  una religiosidad individual y personalista. La religión se ha vuelto una cuestión de preferencia subjetiva – lo que a mí me sirve – sin ningún lazo esencial con la verdad. La relación con lo Divino se realiza en forma individual, sin interferencia de instituciones. Además todas las religiones  y  todos  los  caminos  espirituales  son  iguales...  En  esta  perspectiva  ninguna institución que se presente como depositaria de la verdad en campo religioso tiene validez. De aquí el alejamiento y el rechazo a la Iglesia, como medio para relacionarse con Dios, que se observa en la cultura actual.
 
El libro de Brown recoge fielmente esta tendencia a lo largo de toda la narración, y la expresa con una visión visceralmente negativa de la Iglesia, preocupada solamente del poder, y en particular de algún grupo eclesial (Opus Dei) del que, en realidad, conoce muy poco.
 

El interés por lo misterioso, lo oculto, lo esotérico

 
Conviene tener presente  también otro ingrediente  propio  de  la cultura  actual:  el gusto  casi  compulsivo  por  lo  misterioso,  la  búsqueda  de  lo  oculto  y  lo  desconocido: siempre hay algo que se esconde, algo que no se quiere revelar... Este aspecto es muy bien explotado por el autor, al centrar toda la novela en una búsqueda policial de un “tesoro” misterioso, inalcanzable, escondido desde siglos a la mayoría de los hombres, algo que no se  sabe  claramente  en  qué  consiste  y  que  hay  que  descubrir  descifrando  mensajes, siguiendo pistas secretas, etc., y que no se deja nunca aferrar. “Es el misterio y la curiosidad lo que mueve a nuestras almas”, afirma Marie Chauvel al final de la novela;[36]A la gente le encanta la conspiración”, reflexiona sabiamente Pamela Gettum, la bibliotecaria del King’s College cuando se trata de investigar sobre el Grial.[37] Este elemento no es menor para explicar el éxito de la novela de Dan Brown.

Apéndice I: El Gnosticismo.

 
Conviene  decir  una  palabra  más  sobre  el  Gnosticismo,  pues  es  una  tendencia filosófico – religiosa que está presente en muchos movimientos actuales de pensamiento. La Sociedad Teosófica, la Antroposofía, la Gran Fraternidad Universal, las Ordenes de los Rosacruces, La Iglesia Universal  Triunfante, las  corrientes  de Metafísica,  etc.  tienen sus raíces en el antiguo movimiento gnóstico que ha sobrevivido.
 
El gnosticismo (del griego gnosis, que significa conocimiento) fue un movimiento cultural religioso muy  difundido entre  el  siglo  I y  el IV d.C.,  y esparcido  más  allá  del Imperio  Romano,  desde  el  actual  Irak  hasta  Siria,  Turquía,  Palestina,  Egipto,  Roma, Francia,  etc.  No fue un movimiento  homogéneo, ya  que  las corrientes  del  pensamiento gnóstico eran tan numerosas y diversas, que es imposible reducirlas a una única doctrina coherente.
 
En contacto con el cristianismo se originó un “gnosticismo cristiano”, que unía a los elementos  de  la  doctrina  cristiana  elementos  propios  de  la  filosofía  griega,  doctrinas iranianas, elementos derivados del Antiguo Testamento, etc.
 
Más allá de  la heterogeneidad  de sus corrientes,  el gnosticismo presenta algunos elementos comunes.
 
El  gnosticismo  es  fundamentalmente  “dualista”  en  cuanto  opone  en  forma irreducible dos mundos: por una parte está el mundo del espíritu, que es el mundo de la luz y el mundo de Dios; por otra, el mundo de la materia, que coincide con el mundo de las tinieblas y el  mundo del  mal (dualismo  cosmológico).  El mundo  material no es obra de Dios,  sino  del “demiurgo”, un  ser emanado  de  Dios, pero inferior a  él,  ser ignorante  y arrogante, que creó el mundo material para poder asumir el rol de Dios. Varias corrientes gnósticas identifican este “demiurgo” con el Dios del Antiguo Testamento, distinguiéndolo del Dios del nuevo Testamento, quien sería el verdadero Dios.
 
El dualismo gnóstico se refleja también  en la concepción del hombre, quien sería una “chispa” divina  del Ser Supremo caída en un cuerpo  material, como  en una  prisión, donde ha olvidado su origen divino.
 
Al tomar conciencia  de  su  verdadera identidad,  nace  en  el hombre  el deseo de volver  al lugar de donde cayó y,  al  mismo tiempo, la hostilidad hacia  este  mundo  que constituye para él un exilio. La “vuelta” comienza con el conocimiento profundo de sí (la gnosis), que gradualmente lo hace volver a la unidad con el Ser Supremo.


Algunas particularidades del pensamiento gnóstico

La visión pesimista del mundo.  
Los gnósticos, al identificar el mundo material con el mal, tienden a despreciar este mundo,  con sus leyes,  con  sus instituciones. Las leyes  de la  naturaleza son  fruto  del demiurgo, quien a través de ellas domina el universo. Las instituciones civiles y políticas, con sus leyes, son también parte de este mundo que está bajo el dominio del demiurgo, por lo que son engañosas y malas. No es de extrañar que los gnósticos rechacen la Iglesia en cuanto institución, apelando a un régimen de libertad espiritual bajo la moción del Espíritu.

El elitismo sectario.  
El gnosticismo es fuertemente selectivo. No todos los hombres están destinados a salvarse. La humanidad está dividida en tres categorías: los pneumáticos (espirituales) que son los gnósticos; los psíquicos, que corresponden a la mayor parte de los cristianos... y los hílicos, o sea los materiales, dominados por la materia y en los que no hay nada de divino. Subrayemos que no existe ninguna posibilidad de pasar de un grupo a otro.[38]
 
Los que se salvan son solamente los gnósticos, que poseen el conocimiento, y se reconocen a  sí mismos como un  grupo exiguo. Los  gnósticos “se  definían significativamente a sí mismos como los pocos en relación a los muchos que eran los cristianos ortodoxos.”[39]
 
Esta  concepción  trae  consigo  como  consecuencia  que  la  salvación  no  es  algo universal, ofrecida  a  todos los hombres,  sino  algo ofrecido a una  elite  muy reducida de personas, lo  que convierte  al gnosticismo  en una secta para  iniciados,  cerrada  a la gran mayoría. Además una  doctrina de salvación  concebida en estos  términos excluye todo impulso  misionero,  elemento  que  en  última  análisis  contribuyó  a  la  desaparición  del gnosticismo en los siglos IV – V.

El secretismo.
 
Los escritos  gnósticos no son para  la divulgación, sino que están destinados a un pequeño  grupo de iniciados,  son “Evangelios  secretos”. Así, por  ejemplo,  empieza  El Evangelio de  Tomás: “Estas  son las palabras secretas que  Jesús  el  Viviente dijo  y  que Dídimo Judas Tomás ha escrito.”[40] El Libro secreto de Juan comienza con el ofrecimiento de  revelar  “los  misterios  y  las  cosas  escondidas  en  silencio”  que  Jesús  enseñó  a  su discípulo Juan.[41] Muchos textos  gnósticos  afirman  que presentan tradiciones acerca  de Jesús que son secretas, escondidas a la mayoría.[42]     Para    los    gnósticos,    los    cristianos ortodoxos poseían sólo las enseñanzas públicas de Jesús y de los Apóstoles, mientras que ellos  poseían, además, enseñanzas  secretas, conocidas sólo  por  pocas  personas,[43] ya que algunos discípulos, siguiendo las instrucciones de Cristo, mantuvieron secreta la enseñanza de  Jesús  y  la  transmitieron  privadamente  a  personas  que  habían  dado  prueba  de  ser espiritualmente maduras y por lo tanto idóneas para el conocimiento secreto.[44]

El subjetivismo y misticismo  
Los  gnósticos  privilegiaban,  como  fuente  de  conocimiento  y  de  revelación,  el contacto personal  con la Divinidad.  La verdad no  se  aprende por el testimonio  de  otras personas, sino por visiones e iluminaciones directas y personales que vienen de Dios. Este contacto es más importante que cualquier testimonio indirecto o cualquier tradición.[45] Por eso estaban convencidos que sus visiones alcanzaban en forma más plena, más espiritual y más profunda la verdad, que la que podían haber transmitido los Apóstoles.[46]
 
Las  antiguas  tradiciones  de  los   Apóstoles   eran  consideradas  incompletas,   o simplemente falsas, por lo que recurrían constantemente, para revisarlas y transformarlas, a su personal experiencia espiritual, a su gnosis.[47]
 
Esto  llevaba naturalmente a que cada corriente  gnóstica tuviese  su doctrina  y  su verdad, lo que dio origen a un universo de doctrinas imposibles de reducir a una mínima unidad, y al surgimiento de teorías extravagantes de todo tipo, pues cada invención creativa era celebrada por los gnósticos como una prueba de haber alcanzado la madurez espiritual.
 
Junto con esto, los gnósticos tendían a la identificación personal con Dios. Mientras que  para el  Cristianismo  Dios  es distinto  del hombre, es el “absolutamente  otro” con respecto al hombre, para muchas corrientes gnósticas el conocimiento de sí coincide con el conocimiento de  Dios; el yo y  lo divino  son idénticos.[48] Una vez  que  el  gnóstico  ha alcanzado la iluminación, “Jesús deja de ser su  maestro espiritual: se han vuelto iguales, más todavía idénticos.”[49] Por  lo tanto, el  gnóstico  busca la  verdad  en  sí mismo, pues  el conocimiento de sí mismo coincide con el conocimiento de la naturaleza y del destino del hombre y, en último análisis, de la Divinidad.
 

Apéndice II: Algunos errores de la novela


La novela de Dan Brown se presenta, a primera vista, como una narración histórica. Hemos  visto en el  n.  2 que se  trata de  un  género literario que  no es  histórico  y  hemos demostrado que no se le puede atribuir un valor histórico.
 
Son numerosísimas las afirmaciones del libro que claramente están fuera del ámbito de  la  verdad,  de  manera  que  sería  una  tarea  demasiado  larga  e  inútil  tomarlas  en consideración una por una. De todas maneras, conviene señalar algunas al azar, para que el lector sepa leer con espíritu crítico.
 
*   “Los primeros judíos creían que el sancta sanctorum en el templo de Salomón albergaba no sólo a Dios, sino a su poderosa equivalente femenina, la diosa Shekinah.” (p. 384)  El autor no  conoce nada de  lengua ni  de  tradiciones hebreas.  La  Shekinah es  un término hebreo que significa literalmente la gloria, o sea la “manifestación” de Yahvéh. Los Judíos creían que en el templo de Jerusalén residía la “manifestación” de Yahvéh, que en sí mismo es trascendente, y no puede ser contenido en una construcción humana.
 
*   “Los  cristianos  respetaban  el  sabath  de  los  judíos,  el  sábado,  pero  Constantino  lo modificó para que coincidiera  con el día de la  veneración pagana al sol.” (p.  289) Los cristianos empezaron a considerar como día festivo el Domingo, día siguiente al sábado en la semana judía, inmediatamente después de la resurrección de Cristo y no en tiempos de Constantino. El gobernador romano de Asia Menor, Plinio el Joven (62-114 d.C.) atestigua esta costumbre ya a comienzo del II siglo (Ep. X, 96).
 
*   “Esa  era  la  razón  de  las  cruzadas.  Recopilar  y  destruir  información  (acerca  de  la descendencia de Cristo).” (p. 315)  No existe ningún texto serio de Historia que interprete las cruzadas en el sentido del autor.
 
*   “El matrimonio de Jesús con la Magdalena está documentado históricamente.” (p. 304); Hay “incontables referencias a la unión de Jesús con la Magdalena, exploradas hasta la náusea por historiadores  modernos.” (p.  307)  Si exceptuamos unas expresiones  de los Evangelios Apócrifos, cuyo valor histórico sobre la figura de Jesús es prácticamente nulo, no se  conocen documentos  históricos  (por eso Dan  Brown no  cita ninguno)  que apoyen estas afirmaciones.
 
*   Los   Templarios  tenían  como  misión  descubrir  unos  documentos   secretos  que  se encontraban  bajo el  templo de  Herodes (cfr. pp.  200-201).  ¿En qué texto de  Historia  el autor encontró esta interpretación  de los  Templarios?   Lo  dejamos como desafío  para lectores superdotados.
 
*   “Para la elaboración del Nuevo Testamento se tuvieron en cuenta más de 80 evangelios.” (p. 288)  Nunca existieron tantos evangelios. Más allá de Los Evangelios Gnósticos, de los que hablamos, no se sabe de dónde sacó el autor más evangelios.
 
*   “...las copias de los rollos de Nag Hammadi y del Mar Muerto. Los primeros documentos del cristianismo.”(p. 305)  Los  Rollos del Mar Muerto no  son absolutamente documentos del cristianismo, como explicamos más arriba, en el n. 2.
 
*   Se dice que el planeta Venus se mueve dibujando un pentagrama, el llamado "pentagrama de Ishtar", simbolizando a la diosa (Ishtar es Astarté o Afrodita). Al contrario de lo que dice el libro, la figura no es perfecta y no tiene nada que ver con las Olimpiadas. Las Olimpiadas se celebraban cada cuatro años y en honor de Zeus, nada que ver con los ciclos de Venus ni con la diosa Afrodita.
 
*   El novelista dice que los cinco anillos de las olimpiadas son un símbolo secreto de la diosa; la realidad es que cuando se diseñaron las primeras olimpiadas modernas el plan era empezar con uno e ir añadiendo un anillo en cada edición, pero se quedaron en cinco.
 
*   En la novela presentan la larga nave central y hueca de una catedral como un tributo secreto al vientre femenino, con las nervaduras como pliegues sexuales, etc. Está tomado del libro de pseudohistoria “The Templar Revelation”, donde se afirma que los templarios crearon las catedrales. Por supuesto es falso: las catedrales las encargaron los obispos y sus canónigos, no los templarios. El modelo de las catedrales era la iglesia del Santo Sepulcro o bien las antiguas basílicas romanas, edificios rectangulares de uso civil.
 
*   El Priorato de Sión realmente existe, es una asociación francesa registrada desde 1956, posiblemente originada tras la II Guerra Mundial, aunque clamen ser herederos de masones, templarios, egipcios, etc. No es creíble la lista de Grandes Maestres que da la novela: Leonardo Da Vinci, Isaac Newton, Victor Hugo.
 
*   La novela dice que el tetragramaton YHWH, el nombre de Dios en letras hebreas, viene de "Jehová, una unión física andrógina entre el masculino Jah y el nombre pre-hebreo de Eva, Havah". Al parecer, nadie ha explicado a Brown que YHWH (que hoy sabemos que se pronuncia Yahvé) empezó a pronunciarse "Jehová" en la Edad Media al interpolarse entre las consonantes las vocales de "Adonai".
 
*   Las cartas del tarot no enseñan doctrina de la diosa; se inventaron para juegos de azar en el s. XV y no adquirieron asociaciones esotéricas hasta finales del s. XVIII. La idea de que los diamantes de la baraja francesa representan pentáculos es un invento del ocultista británico A.E. Waite. ¿Qué dirán los esotéricos de la baraja española con sus copas -símbolos sexuales femeninos- y sus espadas -símbolos fálicos, quizá como los garrotes-?
 
*   El Papa Clemente V no eliminó a los templarios en un plan maquiavélico, ni echó sus cenizas al Tíber: el Tíber está en Roma y Clemente V no, porque fue el primer papa en Avignon (Francia). Toda la iniciativa contra los templarios fue del rey francés, Felipe el Hermoso. Masones, nazis y ahora los neognósticos quieren ser herederos de los templarios.
 
*   Mona Lisa no representa un ser andrógino, sino a Madonna Lisa, esposa de Francesco di Bartolomeo del Giocondo. Mona Lisa no es un anagrama de los dioses egipcios Amón e Isa (Isis).
 
*   En La Última Cena de Leonardo, no aparece el cáliz y aparece el joven y guapo San Juan, el discípulo amado. La novela dice que el joven guapo en realidad es María Magdalena, que ella es el Grial. La verdad es que no sale el cáliz porque el cuadro está describiendo la Última Cena tal como sale en el Evangelio de San Juan, sin institución de la Eucaristía, más concretamente cuando Jesús avisa "uno de vosotros me traicionará" (Juan 13,21).
 
*   La novela habla de que Leonardo recibió muchos encargos de la Iglesia y "cientos de lucrativas comisiones vaticanas". En realidad Leonardo pasó poco tiempo en Roma y apenas le mandaron algún encargo.
 
*   En la novela presentan a Leonardo como un homosexual ostentoso. En realidad, aunque en su juventud fue acusado de sodomía, su orientación sexual no está del todo clara.
 
*   La heroína, Sophie Neveu, usa el cuadro de Leonardo “La Madonna de las Rocas” como un escudo y lo aprieta tanto a su cuerpo que se dobla: es asombroso, porque se trata de una pintura sobre madera, no sobre lienzo, y de casi dos metros de alto.
 
*   Según los protagonistas de la novela, "durante trescientos años la Iglesia quemó en la estaca la asombrosa cifra de cinco millones de mujeres". Esta es una cifra repetida en la literatura neopagana, wicca, new age y feminista radical, aunque en otras webs y textos de brujería actual se habla de 9 millones. Los neopaganos necesitan una "shoah" propia.
 
*   Cuando acudimos a historiadores serios se calcula que entre 1400 y 1800 se ejecutaron en Europa entre 30.000 y 80.000 personas por brujería. No todas fueron quemadas. No todas eran mujeres. Y la mayoría no murieron a manos de oficiales de la Iglesia, ni siquiera de católicos. La mayoría de víctimas fue en Alemania, coincidiendo con las guerras campesinas y protestantes del s. XVI y XVII. Cuando una región cambiaba de denominación, abundaban las acusaciones de brujería y la histeria colectiva. Los tribunales civiles, locales y municipales eran especialmente entusiastas, sobre todo en las zonas calvinistas y luteranas. De todas formas, la brujería ha sido perseguida y castigada con la muerte por egipcios, griego, romanos, vikingos, etc... El paganismo siempre mató brujos y brujas. La idea del neopaganismo feminista de que la brujería era una religión feminista precristiana no tiene base histórica.
 
*   Y se podría seguir diseccionando los errores y los simples engaños de este best-seller mentiroso. Por no hablar de su calidad literaria. Pero ¿vale la pena tanto esfuerzo por una novela? La respuesta es sí: para miles de jóvenes y adultos, esta novela será su primer, quizá único contacto con la historia antigua de la Iglesia, una historia regada por la sangre de los mártires y la tinta de evangelistas, apologetas, filósofos y Padres. No sería digno de los cristianos del s. XXI ceder sin lucha ni respuesta ante el neopaganismo el espacio que los cristianos de los primeros siglos ganaron con su fidelidad comprometida a Jesucristo. Dice el segundo libro de Timoteo 4:3-4 “pues vendrá tiempo cuando no soportarán  la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias pasiones, y apartaran de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”
 

[1] Para un análisis  más completo y  muy acertado acerca  de  El Código Da Vinci y sus errores,  se puede consultar  el  libro  de  Amy  Welborn,  Descodificando  a  Da  Vinci,  Ed.  Palabras  S.A.,  Madrid  2004,  (se encuentra también en internet).
[2] Cfr. Dan Brown, El Código Da Vinci, Ediciones Urano, S.A., Barcelona 2003, p. 11.
[3] Cfr. El Código, pp. 302ss. y la crítica de Amy Welborn en el cap. 8 de la Obra citada.
[4] El Código, p.555.
[5] El Código, p. 545. Lo subrayado no es del autor.
[6] Editado por Jonathan Cape, Londres 1982; trad. castellana: El enigma sagrado, Ediciones Martínez Roca
S.A., Barcelona 2001.
[7] Cfr., como ejemplo, lo que el autor afirma acerca del Papa Juan XXIII y su pertenencia a la “Rose-Croix”, en las pp. 152-155.  La continua referencia a Les Dossiers secrets, como fuente central de información, da una base científicamente inconsistente a toda  la obra, pues  estos escritos  han  resultado ser una  falsificación admitida por sus mismos autores. Cfr. Amy Welborn, cap. 9.
[8] Ediciones Robin Book S.A., Buenos Aires 2004.
[9] Más allá del Código, p. 17.
[10] Renunciamos  concientemente  a  analizar  las  numerosas  afirmaciones  erróneas  del  libro,  pues  no  la consideramos una tarea seria.
Tenemos que precisar que, hace algunos años, un Profesor de papirología del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, José O’Callaghan, creyó haber descubierto, entre los fragmentos de Qumram, un pequeño fragmento del  Evangelio  de Marcos.  Pero es altamente improbable  que se  trate  de  versículos  de Marcos; y si aún  lo fueran, se trataría del Evangelio canónico de Marcos, escrito antes de la destrucción de Jerusalén, y que no tiene nada que ver con los Evangelios Apócrifos, que son muy posteriores.
[11] Son  muchísimos. Basta leer el citado libro de Amy Welborn.  En Apéndice II señalamos una  muestra de afirmaciones gratuitas y erróneas del autor.
[12] El Código, p. 291; cfr. 288.
[13] El Código, p.292.
[14] Cfr. El Código, p.290.
[15] El Código, p. 292.
[16] Cuya existencia ni Constantino ni la Iglesia sospechaban que existían, pues fueron descubiertos sólo en el
Siglo XX.
[17] El Código, pp. 291-292.
[18]Estos textos incluyen  evangelios secretos, poemas y descripciones semifilosóficas  sobre el origen del universo, mitos,  magia e  instrucciones  para prácticas místicas.” Elain Pagels,  I Vangeli Gnostici, Arnoldo Mondadori Editore, Milano 1981, p. 20.
[19]Cfr. I Vangeli Gnostici, p. 19.
[20] Ireneo, Adversus Haereses, III, 11, 9.
[21] Cfr. I Vangeli Gnostici, p. 23.
[22] I Vangeli Gnostici, p. 23
[23] Cfr. Evangelio  de Felipe, II, 63,32 – 64,5; Evangelio de María, 17,18 – 18,15; etc. (Cfr. I Vangeli Gnostici, p.  117)
[24] Apócrifo viene del griego apókryphos, que quiere decir “oculto”. Se los denominó así porque, según sus autores, el público en general no podía entenderlos: eran sólo para un grupo restringido de personas. La Iglesia nunca ha pensado ocultar ni destruir estos evangelios, pues sus originales están en un museo abierto al público y sus copias y traducciones están disponibles en bibliotecas para todos los que quieran consultarlos.
[25] Ya  a  comienzos  del  II  siglo,  Papías  (130  d.  C.),  Obispo  de  Hierápolis,    nombra  expresamente  los Evangelios de  Mateo  y Marcos (cfr.  A.  WIKENHAUSER,  Introduzione  al  Nuovo  Testamento,  Paideia, Brescia 1963, pp. 147-48; 164). El Fragmento Muratori, escrito alrededor del 150 d.C., contiene el catálogo más antiguo de los libros del Nuevo Testamento, y aunque se haya perdido el comienzo  del fragmento, establece claramente  sólo cuatro Evangelios aceptados por la Iglesia, y nombra expresamente a Lucas  y  a Juan (cfr. Introduzione, p. 40). San Ireneo, a finales del siglo II, reafirma que los Evangelios aceptados por la Iglesia son sólo los cuatro que hoy conocemos (cfr.  Adversus Haereses, III, I,I).
[26] El Evangelio de Marcos, de acuerdo con todos los autores, es anterior a la destrucción de Jerusalén, acontecida en el 70 d.C. Los Evangelios de Mateo y de Lucas son del 70 – 80 d.C.; y el Evangelio de Juan es de alrededor del 100 d.C.
[27] Cfr. I Vangeli Gnostici, pp. 62 - 69.
[28] Cfr., por ej., FLAVIO JOSEFO, Antigüedades Judías, XX, 9, 1.
[29] La obra de Dan Brown es una expresión de la actual tendencia cultural de la “new age”.
[30] Cfr. El Código, pp. 319; 323-325; etc.
[31] Cfr. El Código, pp. 159; 386-387; etc.
[32] Cfr. El Código, pp. 157-159.
[33] ¿Qué interés en particular podría tener una mujer por su calidad de esposa de un profeta judío, muerto en una cruz?
[34] Cfr.  El Código,  p. 316; etc.  “No fue  a Pedro a quien Jesús encomendó a la  Iglesia. Fue  a María Magdalena... Jesús fue el primer feminista. Pretendía que el futuro de la Iglesia estuviese en manos de María Magdalena.” El Código, p. 308.
[35] El Código, p. 545. Apreciamos el deseo que expresa el autor de un  mundo  más humano. Pero  no es ciertamente el regreso al antiguo culto a la naturaleza el camino para alcanzar un mundo mejor. Los tiempos del  paganismo fueron  mucho  más  feroces e  incivilizados  que los actuales.  Fue Cristo que vino a traer una visión más humana de nuestro mundo: el mandamiento del amor, como máximo mandamiento; la hermandad entre los  hombres (“...vosotros sois todos  hermanos...uno solo es vuestro Padre.” Mt. 23, 8-9), son parte central del mensaje cristiano que el autor no ha entendido.
[36] Cfr. El Código, p. 545.
[37] Cfr. El Código, p. 469.
[38] Cfr. Pagels, p.8.
[39] Pagels, p. 35.
[40] Evangelio de Tomás, II, 32, 10 y s.; en Apocrifi del Nuevo Testamento, a cura di L. Moraldi, Torino 1971, vol. I, p. 483.
[41] Apócrifo de Juan, II, 1, 2-3; en Testi gnostici a cura di L. Moraldi, Torino 1981.
[42] Cfr. Pagels, p.21.
[43] Cfr. Pagels, p. 57.
[44] Cfr. Ibidem, p. 58.
[45] Cfr. Ibidem, p. 69
[46] Cfr. Ibidem, p. 62 - 64.
[47] Cfr. Ibidem, p. 66 – 67.
[48] Cfr. Pagels, p. 23.
[49] Pagels, p. 23.


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